sábado, 22 de diciembre de 2012

Entre el recuerdo y las canas

Un espíritu joven espera sentado sobre una roca. Escucha el silencio parlante del monte, mientras lía entre sus curtidas manos algo de tabaco. Intenta inspirar profundamente el aire fresco de la mañana, pero una tos sucia y ronca se lo impide, recordándole el desgaste que han producido en sus pulmones los muchos pitillos que los han alimentado. Dirige su mirada hacia el pueblo, cambiado desde la primera vez que lo vio, pero entrañable como siempre. Queda algo de todas las vidas que lo han pisado.
Su largo cabello blanco, recogido en una coleta baja, no ha clareado tanto como anunciaban las entradas que nacieron cuando era joven. Hace juego con una tupida barba, escondite de un lunar al que pocas veces dejó ver el sol, que fue conocido sólo por unas pocas mujeres. Se enternece al recordar a algunas de ellas, mostrando entonces una perfecta sonrisa, algo oscurecida por el vicio y el tiempo.
Coloca el pitillo entre sus gruesos labios e inclina torpemente la cabeza para encenderlo. Saca un legajo arrugado de su bolsillo y un bolígrafo con el que escribe unas líneas que llevaban rato siendo pensadas; lo guarda todo de nuevo y extrae del interior de su americana una petaca con ron añejo. Tras darle un valiente trago que ruboriza sus mejillas, consume el pitillo con una profunda calada. Esconde el elixir y se quita la americana dejando al descubierto un envejecido tatuaje en el brazo derecho. No es lo único viejo. Todo él es viejo; más de lo que nunca imaginó que podría ser.

Un espíritu libre se acerca a la arena seca desde la orilla, tras haber dado un largo paseo por la playa. Se sienta despacio, con cuidado de que las piernas no fallen a su antes esbelta figura, y aprovecha el fresco de las primeras horas de la mañana.
El cabello largo, blanco y rizado se agita tratando de escapar del pañuelo que lo retira de la frente. Junto a las marcadas patas de gallo, huella de una viva expresividad, dos magnos ojos oscuros están ya algo cansados, pero conservan la profundidad cautivadora del pasado. Al recordar algunos de los momentos vividos desde esos ojos, se le escapa inevitablemente una sonrisa algo desordenada y deslucida. Contrasta con ella una marcada arruga en el ceño, reflejo de demasiados enfados. Las manos cubiertas de manchas por la edad sacan del bolso, a juego con un vestido aparentemente elegido al azar de entre los varios de su armario, un paquete de tabaco al que hace tiempo perdió la guerra.
Se coloca un cigarro entre los que fueron apetecibles labios, lo enciende con soltura y expulsa un discreto beso de humo. Cierra los ojos y se deja llevar lentamente al límite entre la locura y la prudencia... Nada como el roce de la arena bajo sus pies; nada como la luz y el calor del sol acariciando su cara; nada como el aroma del mar que el viento trae consigo; nada como la tranquilidad de haber vivido con alas... Abre los ojos y el horizonte le deja ver parte de la inmensidad palpable, mientras los pulmones lastimosos le ruegan que cuide su ya crónica asma.

Allí sentados, los dos espíritus disfrutaron por un instante de la soledad, dejando a sus sentidos deleitarse con la sencillez del mundo.
Muchos habían sido los momentos en los que habían buscado aquella soledad; pero muchos más los que habían extrañado una compañía altruista. Huyendo del desierto habían jugado y probado cuerpos que no dejaron poso. También probaron otros que fueron pinceladas de color. Parecía increíble que en los muchos años que llevaban recorriendo el camino hubiera sido tan difícil encontrar almas afines. Habían cometido errores y tomado decisiones acertadas y, con ello, podían afirmar que habían sido plenamente humanos. Con los ojos cerrados y sumidos en estos pensamientos, los dos espíritus se dejaron envolver por un recuerdo compartido, conectando el uno con el otro desde la distancia…


A lo lejos, a través del parque que adorna la ciudad, un chico muy triste cree advertir a la chica a la que lleva un rato esperando. En el graderío flanqueado por diferentes verdes ella ve cómo se levanta del suelo su cita.
El encuentro tiene voz aguda y huele a tabaco.
Cuando una hora de escasa conversación no da más de sí, lo mejor que se puede hacer es romper el hielo con un beso.
Los atardeceres son mucho más hermosos cuando se observan desde el cielo, pero las alturas asustan a los principiantes.
No esperaban elevarse unos centímetros del suelo.
Algunas veces, las condiciones atmosféricas permiten que en la ciudad se respiren a la vez las brisas del mar y la montaña, nítidas, penetrantes.
Es el momento perfecto para volar.
Y entonces las manos se mezclan con las espaldas, los senos y el cabello; los besos humedecen los labios y los sexos se buscan con un deseo acumulado por siglos.
No hay nada que pueda evitar lo que la naturaleza aguarda a dos espíritus que vuelan juntos: se enamoraron.


Los dos espíritus abrieron los ojos. Bajo la ropa, la brisa cosquilleó las formas de su piel. Su piel, una de las pocas certezas que tenían.
Deseo. Adelante.
Estar enamorado, vuelo efímero.
El amor, desde dentro. Sólo desde dentro.
El camino entre el recuerdo y las canas no era una certeza. Tampoco después de haberlo recorrido.