Un espíritu joven espera sentado
sobre una roca. Escucha el silencio parlante del monte, mientras lía entre sus
curtidas manos algo de tabaco. Intenta inspirar profundamente el aire fresco de
la mañana, pero una tos sucia y ronca se lo impide, recordándole el desgaste
que han producido en sus pulmones los muchos pitillos que los han alimentado.
Dirige su mirada hacia el pueblo, cambiado desde la primera vez que lo vio,
pero entrañable como siempre. Queda algo de todas las vidas que lo han pisado.
Su largo cabello blanco, recogido
en una coleta baja, no ha clareado tanto como anunciaban las entradas que
nacieron cuando era joven. Hace juego con una tupida barba, escondite de un
lunar al que pocas veces dejó ver el sol, que fue conocido sólo por unas pocas mujeres.
Se enternece al recordar a algunas de ellas, mostrando entonces una perfecta
sonrisa, algo oscurecida por el vicio y el tiempo.
Coloca el pitillo entre sus gruesos labios e inclina
torpemente la cabeza para encenderlo. Saca un legajo arrugado de su bolsillo y
un bolígrafo con el que escribe unas líneas que llevaban rato siendo pensadas;
lo guarda todo de nuevo y extrae del interior de su americana una petaca con
ron añejo. Tras darle un valiente trago que ruboriza sus mejillas, consume el
pitillo con una profunda calada. Esconde el elixir y se quita la americana
dejando al descubierto un envejecido tatuaje en el brazo derecho. No es lo
único viejo. Todo él es viejo; más de lo que nunca imaginó que podría ser.
Un espíritu libre se acerca a la arena seca desde la orilla, tras
haber dado un largo paseo por la playa. Se sienta despacio, con cuidado de que
las piernas no fallen a su antes esbelta figura, y aprovecha el fresco de las
primeras horas de la mañana.
El cabello largo, blanco y rizado se agita tratando de escapar del
pañuelo que lo retira de la frente. Junto a las marcadas patas de gallo, huella
de una viva expresividad, dos magnos ojos oscuros están ya algo cansados, pero
conservan la profundidad cautivadora del pasado. Al recordar algunos de los
momentos vividos desde esos ojos, se le escapa inevitablemente una sonrisa algo
desordenada y deslucida. Contrasta con ella una marcada arruga en el ceño,
reflejo de demasiados enfados. Las manos cubiertas de manchas por la edad sacan
del bolso, a juego con un vestido aparentemente elegido al azar de entre los
varios de su armario, un paquete de tabaco al que hace tiempo perdió la guerra.
Se coloca un cigarro entre los que fueron apetecibles labios, lo
enciende con soltura y expulsa un discreto beso de humo. Cierra los ojos y se
deja llevar lentamente al límite entre la locura y la prudencia... Nada como el
roce de la arena bajo sus pies; nada como la luz y el calor del sol acariciando
su cara; nada como el aroma del mar que el viento trae consigo; nada como la
tranquilidad de haber vivido con alas... Abre los ojos y el horizonte le deja
ver parte de la inmensidad palpable, mientras los pulmones lastimosos le ruegan
que cuide su ya crónica asma.
Allí sentados, los dos espíritus
disfrutaron por un instante de la soledad, dejando a sus sentidos deleitarse
con la sencillez del mundo.
Muchos habían sido los momentos
en los que habían buscado aquella soledad; pero muchos más los que habían
extrañado una compañía altruista. Huyendo del desierto habían jugado y probado
cuerpos que no dejaron poso. También probaron otros que fueron pinceladas de
color. Parecía increíble que en los muchos años que llevaban recorriendo el
camino hubiera sido tan difícil encontrar almas afines. Habían cometido errores
y tomado decisiones acertadas y, con ello, podían afirmar que habían sido
plenamente humanos. Con los ojos cerrados y sumidos en estos pensamientos, los
dos espíritus se dejaron envolver por un recuerdo compartido, conectando el uno
con el otro desde la distancia…
A lo
lejos, a través del parque que adorna la ciudad, un chico muy triste cree
advertir a la chica a la que lleva un rato esperando. En el graderío flanqueado
por diferentes verdes ella ve cómo se levanta del suelo su cita.
El
encuentro tiene voz aguda y huele a tabaco.
Cuando
una hora de escasa conversación no da más de sí, lo mejor que se puede hacer es
romper el hielo con un beso.
Los
atardeceres son mucho más hermosos cuando se observan desde el cielo, pero las
alturas asustan a los principiantes.
No
esperaban elevarse unos centímetros del suelo.
Algunas
veces, las condiciones atmosféricas permiten que en la ciudad se respiren a la
vez las brisas del mar y la montaña, nítidas, penetrantes.
Es
el momento perfecto para volar.
Y
entonces las manos se mezclan con las espaldas, los senos y el cabello; los
besos humedecen los labios y los sexos se buscan con un deseo acumulado por
siglos.
No
hay nada que pueda evitar lo que la naturaleza aguarda a dos espíritus que
vuelan juntos: se enamoraron.
Los dos espíritus abrieron los ojos. Bajo la ropa, la brisa
cosquilleó las formas de su piel. Su piel, una de las pocas certezas que
tenían.
Deseo. Adelante.
Estar enamorado, vuelo efímero.
El amor, desde dentro. Sólo desde dentro.
El camino entre el recuerdo y las canas no era una certeza. Tampoco
después de haberlo recorrido.




1 comentarios:
Me ha maravillado. También me ha entristecido y me ha causado ternura. Esta prosa respira por sí sola, aunque sea con el humo de esos cigarros.
Ahora -con esta historia-, quizás ese camino entre el recuerdo y las canas, y dibujado en la historia de todas las personas que conozcan el camino, haya dejado de ser efímero para empezar a ser eterno.
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