viernes, 13 de abril de 2012

He vuelto a perder las gafas

-         ¡Hola! ¿Estás?
-         Sí, ¿quién eres?
-         ¡Soy Yo!
-         Mm... ¿Te importa acercarte un poco más? Es que no te veo bien.
-         Sí, claro. ¿Mejor ahora?
-         Uf... Es que estás como borrosa.
-         ¿En serio?
-         Sí, es como si te estuviera mirando a través de las gafas de otra persona.
-         A ver si es que te has puesto unas gafas que no son tuyas...
-         ¿A ver...? Joder, me he vuelto a equivocar.
-         Deja esas gafas donde las encontraste, anda, que alguien las estará buscando.
-         Sí, sí, pero ahora me toca buscar las mías y no veo nada.
-         Siempre te pasa igual. Te pones las gafas de los demás y no te sirven.
-         Ya, joder, ya.
-         Busca con calma. Pero una vez en tu mano, no las sueltes. Confía en que son esas las que valen, ¡las tuyas!
-         Pues nada, otra vez a tientas hasta que las encuentre.

domingo, 8 de abril de 2012

Duerme mi amor

Duerme mi amor. Plácido, libre, inalcanzable. Miro su reflejo en el espejo para que no despierte al sentir que le observo. Su cara más íntima, la que no comparte y es sólo suya, está expuesta para mí, sin que lo sepa, durante su sueño. Descubro las partes de su cuerpo en tensión y cómo se relajan si, de vez en cuando, espira profundamente. Si me acerco cuidadosa puedo sentir el olor de su piel, que siendo suyo es más mío que de nadie.
Por nada del mundo querría sacarle de donde está. Es más él que nunca. Más sincero que nunca, aunque no pueda decir nada y sea imposible leer su rostro. Imagino pasear a su lado por las sendas que recorre en solitario, compartiendo lo que ve, lo que oye, lo que piensa... Pero no sería el mismo al que miro ahora; él sin reservas. Y así, ni le quito ni le añado nada. Tengo el privilegio de verle por completo sin apoderarme de sus pensamientos.
Mi mirada sosegada le despierta. Me mira aturdido hasta que recuerda. Esboza una sonrisa adormecida y me invita a acurrucarme a su lado, donde me abraza hecha un ovillo y recibe mi beso. Termina la magia para dar paso a la magia.

Confesión

Basta con imaginarlo. Y entonces unos cables puntiagudos me atraviesan la espalda desde los riñones, produciendo una descarga eléctrica que llega hasta las palmas de las manos. Se me descompone el estómago. La piel de gallina. El corazón se me acelera y de tanta presión la sangre sube hasta la cabeza, que palpita, que se recalienta. El pensamiento vuela, pero el cuerpo está paralizado.