Valentina se
quedó loca.
Una hostia
bestial e inesperada en el jeto hizo que su cabeza diera una vuelta sobre sí
misma. A pesar del impacto y tras el giro, la cabeza volvió a su sitio. Sin
embargo, el cerebro más o menos cuerdo que albergaba en su interior se
desorientó. Y no había habido manera de reubicarlo desde entonces.
Cuando su
cerebro vibraba demasiado, Valentina se echaba un cigarro descalza en las
escaleras del patio y mientras, pensaba.
Parecía que
había sido ayer cuando Miles le había enseñado a liar cigarros en el parque.
Qué casualidad que desde entonces los suyos parecieran más trompetas que
flautas...
Aquel día, sentada en
las escaleras del patio, liaba una de sus trompetas mientras recordaba noches
de verano en las tumbonas, ceniceros rotos, divagaciones y juicios sobre la
vida... Risa le daba y también llanto estruendoso
pensar que fumaba para no dejar de besar los besos de Miles, cuando de pronto
el aire gélido de la sierra cortó sus labios en estrías profundas. “Merecido
castigo por pensar sus besos”, se dijo.
Antes miraba hacia la sierra antes de
dormir y trataba de sentir a Miles a través de los kilómetros recorridos una y
mil veces en el coche de su padre. Todos aquellos litros de gasolina y
emocionantes inclemencias meteorológicas le habían enseñado a conducir. Curvas,
prisas y hasta lágrimas en la noche. Nada la detuvo jamás.
Desde el hostión, en cambio, los
cincuenta y siete kilos de su casi metro ochenta no cuadraban con el peso
plúmbeo de su alma y luchaban contra ella cada mañana para levantarse de la
cama. Sus párpados engordaban y achinaban sus ojos por días. Temía cumplir los
treinta en un par de meses, mientras su piel vivía una segunda adolescencia.
Qué nervios, por qué.
Lejos de maquinar y llevar a cabo las
fechorías que disfrutaba desde niña, la desatornillada Valentina andaba por ahí
como zombi y loquita triste, cu-cu. No había amante tente-en-vilo, ni
emocionante viaje que sacaran el cerebro de Valentina del estado en el que se
encontraba. Y eso que su vida no iba del todo mal:
Tímidamente despegando se encontraba
la carrera de Valentina que, mientras se hacía un hueco en el mundo
profesional, trataba de sacarse unas perrillas con actividades más o menos
lucrativas. Al mismo tiempo trataba de aprender idiomas y de sacar adelante a
una familia de monos afincados en su jardín. Su próximo reto era aprender
parapente. Pero lidiar con el trabajo, los idiomas, los monos y el parapente
era para Valentina como cargar sobre sus hombros un Panzer VIII.
Ya había
habido un tiempo en el que Valentina se había sentido así. Un tiempo en el que
había luchado por bajarse de una noria enfermiza que la zarandeaba entre el
abatimiento y la euforia. Para ello, había tenido que aprender a saberse
normal, palabra detestable por una parte, maravillosa por otra. “Ojalá todos
conocieran sus varios significados”, mascullaba de cuando en cuando entre la
amargura y el endiosamiento.
Finalmente
se bajó de la noria, coincidiendo con la época en la que conoció a Miles. Pero
después del cortocircuito cerebral que había provocado la súper hostia, la
pobre infeliz no hacía más que repetirse “pero si soy muy maja, ¿¡por qué!?”,
tirando a la basura el trabajo de varios años. Ella respondía sola a la
pregunta: es lo que tienen las hostias, que hay para todos y el karma las
devuelve una por una.
Qué pena,
Valentina. Qué loquita, desconsolada y quasi-suicida estaba. “Un día de
estos me tiro”, pensaba a veces. “Meteré la cabeza en el horno”, decía otros.
Pero luego se negaba a tener semejantes ideas. De hecho, si algo podía
reprocharle a Miles era que le hubiera enseñado a decir me-quiero-morir, y si
algo había que no le gustara de él era precisamente eso.
Apagando el
cigarro estaba Valentina cuando un pájaro que merodeaba por el patio alzó el
vuelo. Valentina lo vio tomar velocidad y desaparecer a lo lejos. Como si nunca
hubiera estado allí; como si allá le esperaran la verdad, el amor, la gloria.
Entonces sí que se sintió sola. Aunque fuera injusto; sola. Sintió que el
tiempo la juzgaba y pasaba lento. Y que nada, nunca, la calmaría.



