domingo, 13 de enero de 2013

Los malos días de Valentina


Valentina se quedó loca.

Una hostia bestial e inesperada en el jeto hizo que su cabeza diera una vuelta sobre sí misma. A pesar del impacto y tras el giro, la cabeza volvió a su sitio. Sin embargo, el cerebro más o menos cuerdo que albergaba en su interior se desorientó. Y no había habido manera de reubicarlo desde entonces.

Cuando su cerebro vibraba demasiado, Valentina se echaba un cigarro descalza en las escaleras del patio y mientras, pensaba.

Parecía que había sido ayer cuando Miles le había enseñado a liar cigarros en el parque. Qué casualidad que desde entonces los suyos parecieran más trompetas que flautas...
Aquel día, sentada en las escaleras del patio, liaba una de sus trompetas mientras recordaba noches de verano en las tumbonas, ceniceros rotos, divagaciones y juicios sobre la vida... Risa le daba y también llanto estruendoso pensar que fumaba para no dejar de besar los besos de Miles, cuando de pronto el aire gélido de la sierra cortó sus labios en estrías profundas. “Merecido castigo por pensar sus besos”, se dijo.

Antes miraba hacia la sierra antes de dormir y trataba de sentir a Miles a través de los kilómetros recorridos una y mil veces en el coche de su padre. Todos aquellos litros de gasolina y emocionantes inclemencias meteorológicas le habían enseñado a conducir. Curvas, prisas y hasta lágrimas en la noche. Nada la detuvo jamás.

Desde el hostión, en cambio, los cincuenta y siete kilos de su casi metro ochenta no cuadraban con el peso plúmbeo de su alma y luchaban contra ella cada mañana para levantarse de la cama. Sus párpados engordaban y achinaban sus ojos por días. Temía cumplir los treinta en un par de meses, mientras su piel vivía una segunda adolescencia. Qué nervios, por qué.

Lejos de maquinar y llevar a cabo las fechorías que disfrutaba desde niña, la desatornillada Valentina andaba por ahí como zombi y loquita triste, cu-cu. No había amante tente-en-vilo, ni emocionante viaje que sacaran el cerebro de Valentina del estado en el que se encontraba. Y eso que su vida no iba del todo mal:

Tímidamente despegando se encontraba la carrera de Valentina que, mientras se hacía un hueco en el mundo profesional, trataba de sacarse unas perrillas con actividades más o menos lucrativas. Al mismo tiempo trataba de aprender idiomas y de sacar adelante a una familia de monos afincados en su jardín. Su próximo reto era aprender parapente. Pero lidiar con el trabajo, los idiomas, los monos y el parapente era para Valentina como cargar sobre sus hombros un Panzer VIII.

Ya había habido un tiempo en el que Valentina se había sentido así. Un tiempo en el que había luchado por bajarse de una noria enfermiza que la zarandeaba entre el abatimiento y la euforia. Para ello, había tenido que aprender a saberse normal, palabra detestable por una parte, maravillosa por otra. “Ojalá todos conocieran sus varios significados”, mascullaba de cuando en cuando entre la amargura y el endiosamiento.

Finalmente se bajó de la noria, coincidiendo con la época en la que conoció a Miles. Pero después del cortocircuito cerebral que había provocado la súper hostia, la pobre infeliz no hacía más que repetirse “pero si soy muy maja, ¿¡por qué!?”, tirando a la basura el trabajo de varios años. Ella respondía sola a la pregunta: es lo que tienen las hostias, que hay para todos y el karma las devuelve una por una.

Qué pena, Valentina. Qué loquita, desconsolada y quasi-suicida estaba. “Un día de estos me tiro”, pensaba a veces. “Meteré la cabeza en el horno”, decía otros. Pero luego se negaba a tener semejantes ideas. De hecho, si algo podía reprocharle a Miles era que le hubiera enseñado a decir me-quiero-morir, y si algo había que no le gustara de él era precisamente eso.

Apagando el cigarro estaba Valentina cuando un pájaro que merodeaba por el patio alzó el vuelo. Valentina lo vio tomar velocidad y desaparecer a lo lejos. Como si nunca hubiera estado allí; como si allá le esperaran la verdad, el amor, la gloria. Entonces sí que se sintió sola. Aunque fuera injusto; sola. Sintió que el tiempo la juzgaba y pasaba lento. Y que nada, nunca, la calmaría.