domingo, 3 de junio de 2012

El relato de la chica que llora

Vagón de metro

La chica de la falda rara lleva un par de minutos de pie, recostada sobre la barra vertical, mientras espera a que el metro arranque. En el bolsillo de su jerseicillo negro, doce botones dorados alborotan entre el papel marrón que los envuelve, emocionados tras haber sido elegidos de entre los miles de la tienda. La chica de la falda rara observa.
La chica que llora entra en el vagón y lo atraviesa de lado a lado. Echa un último vistazo al andén antes de que las puertas se cierren y el tren arranque. Entonces llora. Llora muchísimo. Solloza, gime, resopla. Su llanto es azul y rosa, piensa la chica de la falda rara. No puede contenerse; sufre tanto que no puede contenerse.
La última vez que la chica de la falda rara sufrió tanto como para llorar así, aguantó el chaparrón como pudo en la calle, en el metro y en el autobús. Agradeció que los demás respetaran el esfuerzo que hacía por no dar el número. Agradeció que nadie se le acercara. Finalmente estalló en la esquina de al lado de su casa y, naturalmente, no pudo parar de llorar en tres días.
Pero la chica que llora no se contiene. Hace pucheros, se calma, piensa en su desgracia y vuelve a llorar. Todos en el metro la miran de reojo, cohibidos, como se han quedado los botones dorados del bolsillo del jersey de la chica de la falda rara, y se hacen los suecos. Y la chica que llora les mira uno a uno ahogando un grito de auxilio, de amenaza, de vergüenza o de soberbia, no está claro, piensa la chica de la falda rara. ¿Quiere que nos demos por aludidos? Debería acercarme a ella. Porque llora. Porque me mira a los ojos mientras llora azul y rosa.
La chica de la falda rara se apeará en la próxima parada y la urgencia se apodera de ella, porque tiene que tomar la tremendamente compleja decisión de acercarse o no a la chica que llora y regalarle un ápice de calor humano antes de desaparecer de su vida para siempre y constar en su biografía como una de aquellas estatuas de hielo que había aquel día en el metro.
El metro empieza a frenar. De acuerdo, piensa la chica de la falda rara, cuando se abra la puerta, antes de salir, tocaré en el hombro a la chica que llora, la miraré a los ojos con dulzura y le diré “ánimo”. La chica de la falda rara se siente orgullosa. Soy un buen ser humano. De pronto le da vergüenza y entonces se avergüenza. Cómo somos, todos evitando a la chica que llora. No, yo soy distinta, llevo una falda rara, llevo botones dorados en el bolsillo y voy a hablar con la chica que llora. Pero, entonces, un señor que también va a apearse se para frente a la puerta, interponiéndose entre la chica de la falda rara y la chica que llora. La puerta se abre, la chica de la falda rara se apea y saca las llaves del coche mientras camina a ritmo de ciudad. Adiós a la chica que llora.

Autobús

Un mes después, la chica de la falda rara se ha puesto unos vaqueros y una camiseta, como hace todos los días salvo cuando quiere parecerse a Amélie. Hoy no lleva botones en los bolsillos. Está sentada en la tercera fila de la izquierda, en el lado de la ventana. Su sitio favorito. A la chica de la falda rara le gusta mirar a la gente que entra en el autobús, para intentar descubrir algo de sus vidas. Elucubra y disfruta. A la chica de la falda rara le gustan las personas. Una señora mayor que lleva pantalones rojos y blusa estampada, lleva un pastel cubierto con papel de plata. Huele el pastel, huele la señora. Una chica impoluta se quita las enormes gafas de sol y se echa encima treinta años. Un señor se sienta con dificultad mientras se guarda la cartera en el bolsillo derecho del pantalón. La chica que llora. ¡La chica que llora está en mi autobús y ya no llora! Piensa la chica de la falda rara. ¡Y está en mi autobús!
La chica que ya no llora mira a la chica de la falda rara y ella le devuelve la mirada para que sepa que la reconoce y que siente lo del otro día. Pero la chica que ya no llora desprecia el afecto o le da vergüenza. La chica de la falda rara recuerda lo mal que se sintió por ser incapaz de acercarse y se enfada con la chica que ya no llora, porque ahora que se siente mejor parece tan fría como los demás. Ahora que se siente mejor ya no es rosa, mejillas latientes, sólo azul, ojos bonitos.
La chica de la falda rara desconfía de todos. Del chico pelirrojo del metro que estuvo veinte minutos seguidos sin parar de sonreír. Del señor de piel oscurecida y pocos dientes que se quedaba dormido sobre la puerta del metro mientras pedía. Del que pedía porque acababa de salir de la cárcel y no tenía nada. De las andaluzas que un día escribieron su teléfono en un papel que mostraron a ella y a sus amigos a través de la ventana del metro para ser amigos. Farsante la gente del metro...

Vagón de metro

La chica que ya no llora se sube en el mismo vagón que la chica de la falda rara. Se miran de reojo, reprochándose o reconociéndose sin más. Esta vez, la chica que ya no llora se baja antes y camina a ritmo de ciudad, dedicándole una última mirada a través de la ventana a la chica de la falda rara. 

1 comentarios:

Adrián G. dijo...

"Un mes después, la chica de la falda rara se ha puesto unos vaqueros y una camiseta, como hace todos los días salvo cuando quiere parecerse a Amélie."

Va, lo reconozco. Me he reído con esta línea.

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