domingo, 8 de abril de 2012
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Confesión
Confesión
Basta con imaginarlo. Y entonces unos cables puntiagudos me atraviesan la espalda desde los riñones, produciendo una descarga eléctrica que llega hasta las palmas de las manos. Se me descompone el estómago. La piel de gallina. El corazón se me acelera y de tanta presión la sangre sube hasta la cabeza, que palpita, que se recalienta. El pensamiento vuela, pero el cuerpo está paralizado.




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